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Tuesday, 19 June 2012

Desechos tóxicos de Ruth Reséndiz


La ceñida complejidad de los textos de Ruth Reséndiz permea de valor actual y mordaz a una obra cuya integración ha logrado un acertado efecto de sentido global. La frescura y espontaneidad, con hitos de marcada digresión, con que la autora apela a un interlocutor cuya representación in ausentia exige de manifiesta competencia por parte del lector, desencadena torbellinos de significados impecablemente depurados.
Los lugares comunes se convierten en principios escrupulosos, con los que se da paso a vibrantes propuestas. Es verdad que la exigencia de un alto nivel de concentración hace que las mini ficciones de Reséndiz se desaten en mordaces coordenadas que manifiestan un alto sentido crítico, sagaz y certero.
Desechos tóxicos es una obra de lectura obligada. Es un parteaguas que nutre a la literatura contemporánea de una abundante relación de elementos congruentemente escindidos en la búsqueda, a veces fortuita y deleznable, de respuestas a preguntas nada ortodoxas pero siempre auténticas y sinceras, provistas de coherente razonamiento espartano.
Ruth Reséndiz se despliega en esta serie de mini ficciones como una escritora brillante y audaz, controversial, esotérica, mística y precisa; impecable en su distanciamiento de lo banal. Reséndiz no pregunta, confronta; no especula, ratifica; no es siniestra, es clara, tenaz, resuelta.
Cada verbo, sustantivo o conjunción han sido pensados con tiempo y talento. La autora hace gala de magnífica plenitud de facultades literarias. Los textos se encuentran envueltos en espléndida madurez y a la vez en cierta inocente juventud que los hace exquisitos y deleitosos.
Desechos tóxicos es una obra de su tiempo, de este tiempo convulso y raquítico que se resuelve con una literatura firme e intrépida, que se despliega en impresionantes vuelos.
Ruth Reséndiz es una autora cuya franqueza incomoda, franqueza que se ha revestido de auténticos logros literarios.
En la lectura de Desechos tóxicos somos partícipes de la magia de una pluma excepcional.
Las Editoras

Esta obra se puede adquirir en :
Presentación de Desechos tóxicos en el Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México por el Dr. Roberto Domínguez Cáceres:



En cada nueva aproximación a un texto, todo lector que sea cuidadoso puede encontrarse con algo muy semejante a aquello que teme ver en un espejo, en una esquina oscura de su mente, en un recuerdo. Hay muchas maneras de abordar un texto, de entenderlo, de gozarlo o de extrañarlo.
El proceso de escritura, valga la redundancia , pues bien visto toda escritura es un proceso largo y doloroso de borradores, borrones, borraduras, enmiendas, arrepentimientos, redundancias, frases felices, asombrosos descubrimientos y alguna satisfacción para quien escribe, es un proceso de conocimiento. Primero del potencial heurístico de la lengua, pues solo al escribir nos damos cuenta del poder que nos confieren las palabras, segundo, porque al usar las palabras nos damos cuenta cómo éstas nos pueden unir con mundo o nos pueden llevar más allá de nuestra realidad.
Escribir, creo, para Ruth Reséndiz debe ser un proceso meditado y consciente, porque la brevedad elocuente nunca es producto de una “chiripa” o un accidente.
En otro sentido, en la escritura, la posibilidad de la mímesis, es decir, una suerte de reordenamiento de la realidad, de imitación poética de conceptos y nociones que muchas veces solamente se descubren justamente porque han sido descritos en una ficción, es picar la curiosidad.

Cada escritor, por joven que sea, cuando tiene la calidad de Reséndiz, se considera experimentado cuando es capaz de decir lo que quiere y como lo quiere. Un escritor es quien escribe con todos los dedos, perdón por lo que nomás usan los pulgares, es quien expresa todo lo que desea empleando el recurso de su léxico, de su sintaxis y la lleva a un nivel más amplio, más elocuente para los demás. Reséndiz escribe, en todos los sentidos, lo que nos sucede a sus demás congéneres y nos confronta con situaciones que simplemente no podríamos verbalizar con tal eficiencia ni con tal tino.
¿Y cuál es la realidad de la que hablan estas narraciones breves? Para no estropearle la sorpresa a quien no las haya leído, diré que los diversos asuntos de los 26 relatos del volumen abordan aspectos que difícilmente serían literarios per se: un matrimonio convencional, una fiesta, un legrado, un palo y una astilla, una muñeca azul, un arresto domiciliario, un martes en la mañana, una sesión del psicólogo o mi favorito: una camisa limpia.
Todos estos no son asuntos literarios, son aspectos de la vida de cada uno de los seres que habitan el universo particularísimo de estas narraciones. Se convierten en literarios cuando por medio de su abordaje y representación cualquiera de nosotros los empezamos a reconocer de otra manera. Entonces los desconocemos como triviales, olvidables, dolorosos, angustiantes para reconocerlos luego como el lado estético del sinsentido cotidiano.
Los temas de Desechos tóxicos son enclaves de imágenes, de símbolos, de frases comunes revitalizadas, de “no lugares” –la calle, la banqueta, el interior de un auto- que se llenan aquí nuevamente de humanidad, nos dejan claro que ésta es una colección contemporánea y creo yo, universal.
Gilles Lipovestky, ensayista y teórico francés, le prestaría muy buena luz al lector de Desechos tóxicos, para aclararle que no está leyendo relatitos, sino pequeños pedazos de la realidad de una era del vacío, del hiper narcisismo, de la trasfiguración de los valores esenciales en representaciones de la apariencia. Para el teórico, la angustia que produce el abigarrado mundo de la información, los medios digitales y la superconectividad son espejismos de compañía, que de ninguna manera nos salvan de la soledad. Es más, nos arrojan con más fuerza hacia una especie de límite de la paciencia. Sólo el autoconocimiento nos salva de estar solos.
Tal vez por la poca paciencia que la autora sospecha en los lectores es que sus relatos están divididos en secciones cortas, son precisos, sin rodeos. Nos da poco texto para leerlo rápido y tener más tiempo para no estar solos, para pensar en lo que hemos leído. Así, sus textos nos hacen más felices que los infortunados personajes que leemos.
Los personajes, que no tienen nombre, que no tiene rasgos, son más bien actantes de las narraciones que viven lo cotidiano soportando una constante presión bifurcada. Por un sentido, de afuera hacia adentro, pues el mundo, sus días, sus despertares, la costumbre, la fiesta, el amante, los amigos, ejercen una influencia por lo menos asfixiante. Y por otro lado, desde dentro hay una pulsión en los personajes malgré tout, a pesar de todo, por sobrevivir. Así, creo, los relatos de Desechos tóxicos, no son fáciles ni sencillos de abordar porque esconden en su brevedad una invitación a verse más allá de lo cotidiano.
El lector debe ser paciente para entenderlos, no en el tiempo que le tomará leerlos, sino por el tiempo que le llevará comprenderlos, asimilarlos y por su puesto, disfrutarlos. Los relatos de Reséndiz se disfrutan más luego de ser meditados.
Uno de los relatos que me parece más elocuente se titula “De tal palo tal astilla”, p. 43, y lo creo así por la figuración que se hace de un leguaje habitual y porque toca el tema de la hija que se refleja en la madre y que evade su culpa, y de paso, se niega a sí misma.
El personaje deja claro que hay un precio que pagar por las acciones: un precio justo es asumir la responsabilidad y la incomodidad; el otro precio es menor en el corto plazo, es evadir la realidad y con ella negarnos la posibilidad de ser hoy y aquí. La protagonista usa un lenguaje que ya no se puede llamar coloquial, pues no hay visos de que pudiera acceder a otro registro culto. Usa el lenguaje que tiene, con el que es y con el que configura el mundo en que no se asume responsable. La elocuencia de sus palabras es mayor que su esperanza.
Otro relato que me ha impresionado es “La muñeca azul” p. 45. Aquí diremos que quien echa la culpa por delante, se arroja a sí mismo de su circunstancia, pues aplazar la responsabilidad y el subsecuente dolor, es negarse. Volverse cero. Cero y van dos.
Pero no se piense que hay en estos breves relatos un único tono. Hay otros más amenos, pero no menos reveladores: “Tránsitos amoroso” p. 39, por ejemplo.
A este conjunto de relatos yo no lo llamaría de mini ficciones, simplemente por que lo mini no debe aplicarse nunca a un asunto que es potencialmente ilimitado, como la imaginación; no debería adjetivar un asunto que no se limita al número de páginas o de renglones del texto, pues el texto literario, sabemos, condensa una serie de imágenes y motivos por los que se expande y se ensancha en la imaginación del lector, y con ella el texto puede crecer hasta ser una hiperimagen o adentrarse en la reflexión y ser una supra-reflexión.
En Desechos tóxicos no hay imágenes felices o lugares idílicos, sino una descripción de lo que podría llamarse “lo cotidiano” lo no literario, lo indecible, lo que no vale la pena contarse. Pero es porque se cuentan que descubrimos una luz que nos acerca a entender más la vida en lo cotidiano.
Estos relatos nos hacen habitable lo fugaz, lo que se escapa en la prisa de la costumbre y la rutina. Por eso, creo, las ficciones de Reséndiz son puntos de partida, inicios, nunca últimas palabras, sino invitaciones a pensarnos en su brevedad.
A manera de reflexión sobre el género de estos relatos, creo que la ficción no tiene tamaño, pero sí tiene capacidad de llevarnos afuera, abajo, detrás de esta realidad que percibimos por medio de mecanismos no muy seguros ni confiables, como los sentidos o la memoria.
Desde los españoles Alejandro Baricco, con Seda, o Ignacio García Valiño con La irresistible nariz de Verónica o el mexicano Gerardo Piña, con La erosión de la tina, la exploraciones de la brevedad de un relato parecen ganar cada vez más terreno en nuestras letras hispánicas.
En este sentido, la narrativa Reséndiz está emparentada por la tradición con Juan José Tablada con su caligramas y haikus, con Mónica Lavín y sus relatos cortísimos, con Cristina Rivera Garza y la “tuit novela” o con Guadalupe Nettel, en Pétalos, por mencionar algunos nombres cuyas zonas de representación son afines a la obra que comentamos aquí.
Reséndiz aporta al conjunto de narradoras mexicanas una extensión del imaginario: ese que descubre el sentido en lo absurdo de una circunstancia desventurada, que hace de la carencia y la aflicción un motivo para escribir y enmendar, para cerrar y abrir nuevamente las incógnitas contemporáneas.
Creo sinceramente que las ficciones nos ayudan a entender que en la realidad, bien contado, hasta un desecho tóxico, puede ser contribuir a sanar el espíritu y a llenar el vacío que según dicen es el signo de nuestro presente. Por eso invito a leer estos breves y grandes relatos para que se la imaginación se nos siga ensanchando.

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